GRACIA Y GRATITUD

 

 

“El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” Sal. 126, 3

 

Ya han pasado 25 años desde mi profesión religiosa, aunque a mi no me parece que haya transcurrido tanto tiempo. Sin embrago, cuando veo el camino recorrido, las experiencias, los lugares, las obras, la misión, y sobre todo, las personas que han hecho parte de mi caminar, me doy cuenta que ciertamente ha pasado su tiempo.

 

Hay dos palabras que definen estos años de consagración: Gracia y Gratitud.

 

Gracia, porque definitivamente no es solamente obra mía; el Señor con su Gracia me ha sostenido, iluminado y esperado en las dificultades, tristezas, o desencantos que he podido experimentar. Pero sobre todo, su Gracia se ha manifestado cuando caigo en cuenta de lo que he crecido, aprendido y madurado en la fe y en la vocación. Recuerdo que cuando profesé era muy seria y rígida  con respecto a cómo vivir mi mida religiosa; estaba enfocada en hacerlo todo bien y, en ocasiones, esa exigencia no me permitía ver el proceso necesario que amerita el seguimiento de Cristo. Ahora, soy mucho más alegre, libre y serena. Incluso hay quien me considera divertida y extrovertida, cuando en realidad, me confieso tímida.

 

Esto me lleva a la segunda palabra, Gratitud: a Dios por la vida, la vocación, la familia que siempre me ha apoyado y sin cuya generosidad no hubiese sido posible responder a este llamado vocacional,  y por la gran aventura que ha sido este peregrinar. Creo que soy afortunada por todo lo que el Señor me ha dado, y por eso, solo puedo decir ¡Gracias!

 

También doy gracias por todas las personas que el Señor ha puesto en mi camino, que me han acompañado, que me han edificado con su testimonio de fe, que me han dejado entrar a sus vidas y corazones.

 

La Vida Religiosa ha sido para mi desprendimiento, servicio, discipulado y un dejar que el Señor actúe, y esto lo hace una experiencia gozosa y significativa.

 

Agradezco también a las Hermanas que han construido vida conmigo. Han sido testigos y compañeras en este llamado de Dios y me han ayudado en la fraternidad y experiencia comunitaria, no siempre fácil, a ser quien soy ahora.

 

Gracia y Gratitud es ser Mercedaria, ese ¨libres para liberar¨ que quedó grabado en mi espíritu desde la época del Movimiento Juvenil Mercedario, ha sido mi forma de vivir, respirar y entender el mundo y sus desafíos. La presencia amorosa de María, Madre de Merced, ha sido baluarte y sostén en mi sí de cada día.

 

Lo bueno es que el camino aún no termina, podremos alegrarnos por este tiempo transcurrido, pero el andar continúa; los retos, el discípulo; todavía hay que aprender y seguir trabajando en este fascinante proyecto de buscar la liberación para poder seguir dando respuestas liberadoras a los cautividades. Me encomiendo a sus oraciones.

 

Dilia Isabel Aguirre. RMM