“En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez (solidaridad) que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás…El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano…” Papa Francisco, Fratelli Tutti, 115

 

Puedo considerar como un gran regalo de Dios el haber podido aterrizar en Haití un par de días después del terremoto que el 14 de agosto sacudió nuevamente esa tierra tan querida, y el mismo día en que se acercaba el paso de la tormenta tropical “Grace”. Y digo que es un regalo de Dios pues hasta el último momento de llegar al aeropuert en Orly-Francia, el 16 de agosto, no se tenía claro si el vuelo a Puerto Príncipe iba a realizarse o se cancelaría por las condiciones atmosféricas adverrsas.

El viaje se realizó y, como siempre me sucede al pisar suelo haitiano, mi felicidad fue muy grande, ya por el simple hecho de sentirme cercana y de mirar el rostro de personas sensibles con el dolor de su pueblo, sufrientes quizá en carne propia de las consecuencias de los embates de la naturaleza  y sin embargo luchadoras incansables “a pesar de todo”.

El objetivo que en esta ocasión me acompañaba, lamentablemente, no era por el momento quedarme en la misión de la Comunidad Intercongregacional Misionera (CIM) que se reabría después de un año y medio de obligado parón. Asuntos médicos por resolver y que no puedo ignorar han forzado el tiempo de mi estadía. Mi viaje a Haití iba encaminado a resolver asuntos de transferencia de cuentas de la CIM y también de transferencia de funciones en el proyecto de las casas con el Grupo de Pastortal Intercongregacional con Migrantes (PIM). Y es que nuestra comunidad CIM ha cambiado de lugar en el que ejercía su misión, pero no por ello desaparece lo que ya se sembró a lo largo de más de 10 años en la zona de Puerto Príncipe y Kwadeboukè. A partir de este mes de agosto reiniciaremos nuestro trabajo apostólico en Anse-a-Pitre, en la frontera sur de Haití, a un paso de Pedernales, en la República Dominicana, y en un contexto de mayor pobreza y necesidad. ¡Y esto ya es decir mucho en Haití! El ser vida religiosa profética, itinerante, intercongregacional y muy cercana al pueblo que sufre, trataremos de hacerla experiencia vital en nuestro caminar. Seguiremos integradas y en coordinación con el Servicio Jesuita al Migrante – Haití (SJM), tratando de ser semillas de esperanza en medio de las duras realidades que encierran las deportaciones de herman@s haitian@s, el tráfico de mujeres y de niñ@s, los desplazamientos forzados, la vida en campamentos improvisados y ya olvidados por todos.

La capacidad de resiliencia del pueblo haitiano, el saber renacer de sus cenizas sabiendo que será su capacidad y lucha por sobrevivir lo que impulsará a seguir caminando en la vida, en un ambiente hostil y violento sí, pero que no le roba su fe y confianza, es y será el estímulo para no decaer en nuestros deseos de caminar junto a ellos. Hoy, nuevamente les ha golpeado un terremoto, un ciclón ha devastado grandes extensiones de su territorio, la violencia de las bandas armadas inquietan más que las fuerzas de la naturaleza, la pobreza es una cruda realidad en la mayoría de la población. Pero comno decía Ignacioi Ellacuría “Los pobres no son solo misión de la Iglesia, son también su salvación, lugar de presencia de Cristo Salvador” .  ¡Y es allí donde me siento llamada a servir!

 

Clemencia Rodríguez H.

Septiembre 2021