Este 24 de septiembre celebraremos una vez más la fiesta de Nuestra Madre la Virgen María de la Merced. Es motivo de volver la mirada hacia nuestros espacios de libertades; aquel donde Jesús y María nos miran con misericordia, nos animan, nos sanan y nos sostienen en la dificultad. También ver nuestros espacios de cautividades; aquellos que no nos permiten amar a plenitud, nos recorta en generosidad, en audacia por la construcción del Reino. Desde los inicios Nuestra Madre nos llama a sentirnos comprometidas en la misión hermosa, y también dura, de dar a conocer el amor redentor de Dios; vivimos tiempos donde parece que las cautividades del siglo XIII se reproducen con redoblada crueldad; sólo miremos la venta de mujeres en el mercado de Mosúl como simple mercancía hace unos días, todo lo que ese acto inhumano representa refleja, a su vez, la descomposición de sociedades y el poco o casi nulo valor que tiene el ser humano.

Sin embargo, la acción liberadora no sólo está afuera, comienza desde la persona, su entorno, la familia. Necesitamos liberarnos, comenzar con nuestros hermanos y hermanas más cercanos, con nuestra familia, nuestra comunidad. Bien dice el dicho, nadie da lo que no tiene y el compromiso con y por la libertad debe iniciarse con la propia conversión, el deseo sincero de transformar nuestra realidad para que pueda ser testimonio y así pueda contagiarse. Debemos contagiar la libertad!

En nuestro último capítulo general poníamos el énfasis en la fraternidad, seguramente movidas por el deseo de mejorar esta dimensión comunitaria de nuestro ser de consagradas. Quizá, porque necesitamos convertirnos para profundizar en este aspecto de nuestra vida. Mirarnos y mirar con los ojos de misericordia y ternura con los que Dios nos mira, nos ayudará a construir comunidades fraternas a hacernos responsables de cada hermana y hermano, a descubrir la bondad de cada hermana y hermano.

En este mundo deshumanizado, hemos sido elegidas para ser Merced, como signos del Reino nos empeñamos en hacer crecer la libertad, la justicia y la dignidad humana en nuestros lugares de misión. María nos precede en este camino de fe y seguimiento de Cristo. Y el Espíritu Santo nos conduce a nosotras a participar con Ella en esta gran aventura.

FELIZ DÍA DE NUESTRA MADRE