En el último número de la Revista Vida Nueva salió un reportaje sobre la labor en la carcel de la PGV (Penitenciaria General de Venezuela) de nuestra hermana Neyda Rojas. Aquí dejamos un extracto de la publicación

BLANCA RUIZ ANTÓN | Trabaja desde hace 18 años en la pastoral de la Penitenciaría General de Venezuela (PGV), en San Juan de los Morros, la cárcel más grande y una de las más peligrosas del país. Neyda Rojas, misionera mercedaria, lleva cada día a sus más de 6.000 “privados de libertad” misericordia y un “poquito de luz y de esperanza”, porque, según cuenta a Vida Nueva, “siempre se puede hacer algo por ellos”.

Su labor es dura, pero la realiza con un gran sentido del humor; con él se define como “la madre de los presos; no por la edad, sino por la función que desempeño”. No hubiera sido extraño que hubiera muerto en cualquier tiroteo de los que se producen con frecuencia aquí, pero pasea por todos los pabellones, sin miedo, “como un signo de paz”. “Cuando hay tiros le rezo al Señor: ‘Sé que no dispararán contra mí, en Ti confío’. Y nunca me ha pasado nada”, explica con voz tranquila. “La fuerza –recalca– viene de Dios. Si no, no podría entrar aquí”.

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Neyda guarda buena relación con la mayoría de los presos, aunque centra su acción “en los que están más solos y no tienen familia”. Para ella, la cárcel es como el Gólgota, “porque después está la Resurrección”. Por eso, recuerda con especial cariño a Bruno Matasiete: “Él me decía: ‘Madre, huelo la sangre. Nací para matar y voy a matar’. Intentaba distraerle, pero no siempre lo conseguía y muchas veces se levantaba, mataba y no pasaba nada. Hasta que un día tuve la idea de montarle una cooperativa. Le compré un cajón de lustrar zapatos con el betún y el pañito, para que así pudiera ganar algo de dinero. Le agarró tanto cariño al lustre que comenzó a matar menos. Ahora es pastor evangélico. Una vez lo encontré por la calle y me pidió la bendición. Me dijo: ‘Gracias a usted soy lo que soy’”, dice emocionada.

Sus presos saben del Año de la Misericordia por ella: “Les expliqué que en la catedral de Caracas abrieron una puerta en la que, si pasabas por ahí, se te perdonan los pecados. Les dije que cuando pasaran a su celda era como aquella puerta santa”. Por eso insiste en que este Jubileo es para ella “una llamada aún más fuerte a ser signo de la misericordia y la ternura de Dios”.

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